La Franz Schubert Filharmonia, bajo la dirección del maestro Tomàs Grau, ofreció un programa de concierto robusto y lleno de contrastes. El concierto empezó con el Doble Concierto de Brahms, interpretado por dos solistas de excepcional talento: el violinista Daishin Kashimoto y el violonchelista Alexander Chaushian.
Desde el primer compás, la orquesta desplegó una introducción enérgica, a la que el violonchelo respondió con un murmullo profundo antes de que el violín emergiera delicadamente para entablar un diálogo fluido y rico en matices. Kashimoto y Chaushian destacaron por su compenetración absoluta, manteniendo una conversación viva y expresiva ofreciendo un segundo movimiento de dulzura schubertiana, casi camarística, antes de un rondó final enérgico que recordaba el espíritu de las Danzas Húngaras del compositor. El equilibrio y la intensidad de los solistas nos emocionaron profundamente.
La segunda parte estuvo dedicada a la Sinfonía Escocesa de Mendelssohn, una obra de atmósfera evocadora que la orquesta interpretó con esplendorosos pasajes. Grau, dirigió con entusiasmo, resaltando los delicados diálogos de los vientos madera y el despliegue brillante de las cuerdas. Los momentos de lirismo flotaron por el escenario, mientras que el scherzo, con los corazones de viento y los ritmos dinámicos, brilló con gran vitalidad. El resultado fue una lectura llena de colores fiel al espíritu romántico de Mendelssohn.























