El pasado domingo vivimos una noche excepcional.
Todos los rasgos de Maxim Vengerov que hemos admirado durante décadas estuvieron presentes en los dos conciertos para violín de Mozart que interpretó. Su sonido rico y concentrado; una técnica ágil e inmaculada; el sentido y propósito que inyecta en todas las notas; y, sobre todo, el impresionante control del arco que le permite alargar sorprendentemente las frases.
En la segunda parte, Tomàs Grau dirigió la Primera Sinfonía de Brahms. Grau ofreció su característica lectura diáfana, clara y de precisión lírica. Marcando acentos de gran belleza en los ataques del oboe, la épica de los timbales y trompas, o la heroicidad y melancolía de las cuerdas. Estas últimas aportaron total claridad a cada cambio de estado de ánimo y significado a lo largo de toda la obra: una exquisita calma en el segundo movimiento, una amable simpatía en el tercero y el viaje hacia la iluminación espiritual del cuarto.
Maxim Vengerov ofreció el siguiente bis:
Bach: Sarabanda de la Partita nº. 2 en re menor, BWV 1004


















Fotos por Martí E. Berenguer